El dolor de una economía golpeada
Tras años de bonanza, Bolivia enfrenta una crisis económica que ha llevado al país a solicitar ayuda del FMI. La historia de un crecimiento impulsado por la exportación de recursos y sus consecuencias actuales.
Todo parecía alinearse a favor de Bolivia en la última década. Las Reservas Internacionales Netas (RIN) alcanzaron cifras récord, superando los 15.000 millones de dólares, colocándonos al nivel de economías como la china, gracias a las exportaciones que algunos no valoran adecuadamente.
Desde 2006 hasta 2025, Bolivia recibió alrededor de 300.000 millones de dólares, provenientes de diversas fuentes: 177.000 millones por la exportación de gas, minerales y productos no tradicionales; 23.000 millones en remesas de bolivianos en el exterior; 11.000 millones por turismo y más de 18.000 millones por servicios exportados. En ese momento, el país parecía estar nadando en un mar de dólares, con una deuda externa neta de 10.000 millones y flujos de dinero no regulados provenientes de actividades ilícitas como el narcotráfico.
Este auge económico se dio en un contexto de precios internacionales altos, lo que permitió a Bolivia acumular grandes cantidades de divisas y mantener superávits comerciales. Los líderes del país, en vez de enfocarse en un desarrollo sostenible, se dejaron llevar por la euforia, construyendo una imagen de un "boliviano fuerte" frente a un dólar "débil", sin comprender las implicaciones de sus decisiones.
Aprovechando el flujo de ingresos por la venta de gas natural a Brasil y Argentina, el gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS) se centró más en el corto plazo y se alejó de una visión a largo plazo que incluyera la colaboración con el sector privado. Esta falta de perspectiva llevó a decisiones erróneas, como prohibir exportaciones y establecer precios controlados que solo generaron problemas de acaparamiento y contrabando.
La negativa a adoptar biotecnología en el sector agrícola y la falta de acuerdos comerciales con potencias económicas, como la Unión Europea y Estados Unidos, reforzaron su enfoque erróneo. En lugar de trabajar en el fortalecimiento del sector productivo privado, se optó por el protagonismo estatal, olvidando que el crecimiento económico requiere de un ambiente flexible y competitivo.
La preocupación de los gobernantes era el bienestar inmediato de su electorado, por lo que en 2011 decidieron "congelar" el tipo de cambio a 6,96 bolivianos, lo que alimentó un aumento en las importaciones y un desbalance en la economía. A medida que se agota el gas y la producción interna disminuye, el país comenzó a acumular deudas externas para mantener el flujo de divisas.
Hoy, tras flexibilizar el tipo de cambio el 29 de junio, la situación se ha vuelto crítica. La urgencia de acudir al FMI por ayuda monetaria para enfrentar la crisis de Balanza de Pagos y una inflación del 20% es resultado de decisiones pasadas que llevaron a un descenso del PIB de casi 2% en 2025. Es doloroso ver que aquellos que formaron parte del gobierno que nos llevó a esta crisis critiquen ahora la necesidad de buscar apoyo externo. En este contexto, solo puedo decir: "Cómo me dueles, Bolivia… ¡cómo me dueles!"